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sábado, 6 de marzo de 2010

Audax contra audax

Debrigode, P. V., Audax contra Audax, Audax, nº 6, Bruguera, Barcelona, 1946. Portada de Provensal, ilustraciones interiores de Cifré.
Última entrega dela serie donde el personaje se despide de la escena narrativa y donde sea anuncia una nueva serie policiaca que nunca vio la luz.
Tres atractivas chicas conviven en la habitación de un hotel -la enamorada Meg Terry y las casquivanas Caddy Brillants y Lizzy Farell- esperando participar en la fuga de sus tres respectivos amantes -Jack Bush, Bit Bunker y Dood Foxy, tres peligrosos delincuentes. Ésta se lleva a cabo pero a la fuga se incorpora un compañero de celda, el atildado inglés Talbot Durban, quien tras huir abandona el grupo. El plan ha sido maquinado por el judío Ike Slavey, el “Viejo”, quien espera sumar las tres habilidades de los delincuentes -subir paredes, abrir cajas fuertes y saber pegar tiros sin contemplaciones- para así poder llevar a cabo una serie de robos que siempre dejarán una firma: Audax.
En Nochevieja, King y Baby se sumergen en los bajos fondos para investigar sobre los últimos robos llevados a cabo por ese falso Audax; tras indagar, se encuentran con una reyerta entre Bush y Durban que ha vuelto a la ciudad. King, que sabe que algo tiene que ver con el caso, les invita a subir al coche pero Bush se escabulle mientras que Durban es llevado a casa de King. Al llegar descubren que allí se encuentra Roy Cadger, el detective que ya sospechaba de la relación entre King y Audax en Alta sociedad; está interrogando a la madura, rolliza y sensual Grumpy para después acorralar a King quien, desbordado por la situación, decide solicitar la ayuda del detective. Éste descubre que Durban no sólo es el fugado sino que se trata de un cirujano acusado de amputar las manos y desfigurara su mejor amigo; le dispara y lo detiene.
Mientras, los malhechores planean matar a King y dejarle en un nuevo escenario de robo pero también deshacerse de Bush, demasiado noble. Tienden una trampa a King quien, tras la autorización de Cadger, se presenta ante ellos. Éstos le reducen y cuando la situación parece más desesperada, Bush y Meg entran en escena matando a los delincuentes pero pagando un duro precio: Bush es herido de muerte.
Meg decide confesar la trama urdida por Slavey y después suicidarse, tal era el amor que sentía por Bush; Cadgers se lo impide y la ayudará a redimirse. No sólo eso sino que tras escuchar a Duncan se da cuenta de que es inocente y de que la criminal, como él había defendido, era su hermana. Cadgers, un verdadero Deus ex machina, obliga a King a partir hacia Australia y a que deje definitivamente a Baby, pues nunca se casará con ella a pesar de lo locamente enamorada que está ella de él. King obedece y se va y Cadgers decide formar un grupo de detectives-periodistas donde Grumpy será la coordinadora, Baby la periodista, Lefty Longleg -que aparece al final- la fuerza bruta y él el cerebro. El grupo se llamaría Los cuatro ases.El autor cierra definitivamente la serie tras darse cuenta de que es imposible sostener con un mínimo de verosimilitud una serie con ladrón de guante blanco en pleno siglo XX y en la ciudad de Nueva York. El juego de la doble identidad del héroe se había convertido en una suerte de lastre narrativo y aquí el autor decide dar un carpetazo definitivo al protagonista y a la serie. La novela tiene excelentes momentos serie negra como son la huida de la prisión o muy especialmente la muerte de Bush mientras besa y declara su amor a Meg Terry. Interesante es la reaparición de Roy Cadgers “detective artístico, cerebro de clase superior, superanalítico” y la voluntad de crear una nueva serie con un grupo mucho más atractivo que el frío Lord King que en esta última entrega aparece casi como un pelele en manos de Cadger y de la situación que han urdido los delincuentes. La nueva serie nunca vio la luz pero curiosamente hay que señalar cómo Los cuatro ases será el título de una de las primera entregas de Servicio Secreto, aunque en este caso el nombre identificará a un grupo de peligrosos criminales.

sábado, 20 de febrero de 2010

Entre piratas aéreos

Debrigode, P. V., Entre piratas aéreos, Audax, nº 5, Bruguera, Barcelona, 1946. Portada de Provensal, ilustraciones interiores de Lester y Cifré.
Nueva entrega de la serie donde se combina una puesta en escena muy propia de la novela negra con algunos elementos –malvados misteriosos, orientales perversos, armas fabulosas-que parecen más característicos del pulp y del folletín
Tres miserables delincuentes, Steve Drumond, Tony Prescott y Butch Leary, forman una terrible banda que se dedica a secuestrar y asesinar cajeros de importantes empresas cuando van cargados de dinero. Desalmados e inmisericordes, no dudan en asesinar a media docena de policías cuando se sienten acorralados. Aprovechando que no dejan testigos, pueden malvivir escondidos en tabernas; en una de ellas leen los artículos de Gus Peeper que reclama su captura al tiempo que Mar Randall, una atractiva y maciza rubia les reconoce y les propone entrar al servicio de un misterioso jefe.
Mientras, Gus Peeper, enclenque y feúcho, asiste como periodista a un combate de lucha libre que enfrenta a Chic Drumond con Lefty Longleg –Zurdo Zanquilargo- y conoce a Baby y a Lord King. Tras el espectacular enfrentamiento, donde vence Longleg, Peeper y Baby –que hacen labores de cronistas deportivos- escuchan en boca de Drumond unas extrañas palabras que le hacen sospechar a Peeper que el luchador sabe algo de la banda de malhechores. Éstos, mientras tanto llegan a una mansión donde son atendidos por un criado japonés y llevados a unas habitaciones donde una voz misteriosa les anuncia un botín fabuloso si siguen sus instrucciones; la primera de ellas, secuestrar a la hija de un importante cargo de la administración norteamericana.
Al día siguiente del combate Peeper, Baby y King , tras entrevistar a Lefty Longleg –entre él y Baby hay una química especial-, intentan conseguir su colaboración en su investigación pero éste, que ya había tenido serios problemas con los gangsters, decide no hacerlo; al mismo tiempo, la banda secuestra a Miryam Tarkington y la lleva a su guarida. Steve, que se ha encontrado casualmente por la calle con su hermano –resulta ser eso Chic Drumond- recibe una clara indicación: debe matarlo para no dejar testigos.
Peeper y King van a entrevistar a Chic quedándose Baby en el coche; cuando están intentando sonsacarle si las palabras que dijo le implicaban de alguna manera con la banda, llega Steve. Les invita a subir a su coche –Baby le sigue con el suyo- donde asesina a su hermano y narcotiza a Peeper y King, que son llevados ante su jefe misterioso; éste resulta no ser otro que el criado japonés, en realidad, Hirazi Tamura, un importante espía que pretende, con el secuestro que ha llevado a cabo y con la amenaza de bombardear posiciones americanas civiles en el Pacífico, por un lado conseguir una fortuna y por otra expulsar a los norteamericanos de su país. Baby, que ha podido seguir al coche se da cuenta de que necesita ayuda y vuelve a la ciudad donde se encuentra con Longleg quien, a regañadientes y viendo cómo está enamorada de su jefe, decide ayudarla. Llegan a la casa, consiguen reducir a Tamura y a Mae al tiempo que liberan a sus amigos. Ni cortos ni perezosos, viendo que la banda ya ha partido en un bombardero hacia el Pacífico, se apropian de una avioneta del japonés y se lanzan en su persecución. Tras un emocionante combate aéreo, vencen y acribillan a los tres asesinos que habían saltado en paracaídas. Vuelven a Nueva York y, días después, Baby visita a Longleft para sellar una amistad que no puede ir más allá de eso a causa del amor de Baby por King.
La novela constituye un curioso artefacto pues si bien los capítulos iniciales se mueven en parámetros puros de novela negra –banda de asesinos, extrema violencia de sus acciones, papel de la prensa, mundo de la lucha libre- a medida que avanza la acción, con la irrupción de elementos misteriosos, de armas peligrosísimas, de conjuras internacionales y de ajusticiamientos llevados a cabo por los propios investigadores el relato deriva más hacia el pulp folletinesco: no en vano, un personaje formula: ¿Por qué este método rocambolesco y de folletín de dirigirnos la palabra mediante un micrófono? (p.49). De forma también curiosa, aspecto que muestra cómo el autor empezaba a ver limitaciones de la serie, Audax no parece en toda la novela; surge King, pero nunca adopta su personalidad de superhéroe de guante blanco.
La novela está plagada de referencias cinematográficas pues, sobre todo al inicio, los delincuentes expresan su deseo de imitar a los héroes de la pantalla: E. G. Robinson, El último gangster, Mae West –la gorda de Hollywood-. George Raft, Paul Muni. Estructuralmente la novela es muy cinematográfica organizando cada capítulo como una unidad autónoma donde cuenta, o bien la historia de los gangsters, o bien la historia de Baby y King hasta que ambas confluyen cuando se acerca el desenlace de la novela.


sábado, 6 de febrero de 2010

Ata sociedad

Debrigode, P. V., Alta sociedad, Audax, nº 4, Bruguera, Barcelona, 1946. Portada de Bosch Penalva o de Provensal, ilustraciones interiores de Cifré.
Nueva eslabón en la evolución de la serie Audax donde la narración sigue los modelos de Agatha Christie al mostrar una serie de invitados en una mansión -entre ellos Lord King-, que son retenidos por un detective -Roy Cadger- que espera desenmascarar a un enigmático asesino.
Michael Reylan es un prestigioso psicoanalista que solicita la ayuda de Lord King para que le tase unas antigüedades; éste llega acompañado de su bella secretaria, Baby, y ambos se instalan en el cercano hotel Montdor. Allí compaten vida social el apuesto salvavidas Sandy Duffer, el pianista húngaro Andrew Mirsa, la esposa del doctor Reyla, Dorothy, el escritor teatral Randolph Barkley, la bella actriz Beryl Ames, el empresario Arthur Sayers -un calavera- y su sufrida esposa Louise.
Michael Reylan sufre un verdadero drama pues está sometido a un brutal chantaje; un enigmático individuo le obliga a pagar miles de dólares cada mes bajo la amenaza de que si no lo hace le obligará a matar a su propia esposa. Parta demostrarle la validez de su amenaza, le anuncia que al día siguiente le obligará a matar a un paciente al que tiene que efectuar una operación rutinaria; así ocurre y de esta manera se ve impelido a aceptar la extorsión. Desesperado decide solicitar la ayuda del detective Roy Cadger quien se compromete a desenmascarar al asesino si en una cena convoca a todo su círculo de amistades que se hospedan en el cercano Montdor.
Mientras, Lord King actúa; detesta a la bella Beryl Ames, pues por su culpa un amigo suyo se suicidó y disfrazado de Audax se presenta en su alcoba y le roba, con elegancia, una valioso vaso cincelado por Cellini.
Al día siguiente todos los personajes son invitados a una cena en la mansión del doctor Reylan; allí se presenta un individuo de aspecto algo vulgar que no es otro que el detective Cadgers. De golpe irrumpe en la cena el misterioso enmascarado que chantajea al psiquiatra y vuelve a amenazarlo. La perplejidad de todos los comensales sólo es superada por el estupor que les produce la intervención de Cadgers; engreído, petulante y avasallador proclama que entre los invitados está el verdadero chantajista, que el visitante no es más que un emisario del cerebro de la operación y que ninguno de los invitados puede irse de la mansión hasta el día siguiente, en que resolverá el caso.
La noche se cierne sobre el escenario y los invitados se van a costar en parejas; ello permite confirmar que Duffer es un descerabrado, que Mirsa es un cocainómano, que Sayers está arruinado, que Barkley es un cínico enamorado de Beryl Ames y que ésta no es tan frívola como parecía sino que es una mujer que ha sufrido mucho; los acontecimientos se precipitan cuando el doctor Reylan decide dar un paseo y poco después su esposa Dorothy es secuestrada. Al poco tiempo vuelve Dorothy a la mansión explicando que el presunto secuestrador era su marido quien, poco después, ante la sorpresa de todos, se suicida. La sorpresa se multiplica cuando Cadgers, con todos los implicados reunidos, desvela que la inductora del suicidio y chantajista era su esposa Dorothy que, enamorada del salvavidas Duffy había montado una gran mascarada para arruinarlo e inducirlo al suicidio habiendo incluso propiciado la muerte del paciente al que operó su marido para hacerle creer la patraña de la amenaza. La culpable es detenida, Audax restituye el valioso vaso a Beryl al saber de su verdadera condición y al final Cadgers plantea a King sus sospechas de que entre él y Audax hay algunas inquietantes relaciones.
La novela muestra cómo la serie se encuentra en un momento de impasse en la historia del pulp hispánico; tras empezar como una serie que se inspiraba en los dos primeros números en los modelos de La sombra o de Doc Savage mezclado con unas gotas de Lupin, evoluciona hacia lo negro en la tercera entrega mientras que en esta cuarta se mueve en la línea Christie que tan bien había demostrado dominar Debrigode en las novelas de la colección La huella. En este volumen la novela se desarrolla en los ambiente de la Alta sociedad del título pero hay la voluntad de demostrar como éste es un mundo falso y corrupto, carcomido por la sed de poder y dinero. Destaca el desparpajo sensual y lingüístico de Baby y por encima de todo Roy Cadgers, que asume el verdadero papel de protagonista en detrimento de King/Audax gracias a su carácter y talento: “No soy un hombre vulgar. Soy un supertalento, y mi método de trabajo inspira poca fe a los que se guían por las apariencias. Soy gordo, anodino y mal educado. Trabajo hundido en un sillón y creando un climax agobiante de opresión angustiosa. Acuso y diestro y siniestro, porque en todo ser humano hay un criminal en embrión, y yo me procuro las certidumbres acusatorias contra ese embrión” (60-61)
Interesante es la noticia literaria “Todo el mundo ha leído Rebeca” (23) y sobre todo la irrupción en la novela del tema psicoanalítico; así, la elemental y primaria Baby explica como “Hay ahora epidemia de películas raras, que no entiendo. Spellbound, en la que Gregory Peck, mi favorito, rechina los dientes y se desmaya cada vez que ve un mantel blanco o un sorbete de hielo. Y en Rejas humanas, el bruto de Chester Morris resulta que es un pistolero que sueña con un paraguas... Y un médico raro, hablando rarezas, les quita el sueño” (5) No faltan muchos años para que J. Lartsinim escriba sus novelas psicoanalíticas protagonizadas por el profesor Ludwig Van Zigman.

sábado, 16 de enero de 2010

La banda de Champ O'Shea

Debrigode, P. V., La banda de Champ O’Shea, Audax, nº 3, Bruguera, Barcelona, 1946. Portada de Bosch Penalva, ilustraciones interiores de Cifré.
Excelente novela donde la colección parece abandonar su filiación dentro del género de superhéroes contra el crimen y se adentra en terrenos más propios de la novela negra; el hecho de estar ambientada en el mundo del boxeo ayuda a dotarla de un aire más sórdido, duro y realista.
Don Taylor es un delincuente elegante que enamora -y se enamora-, de una sensual manicura; ella no sabe de su profesión hasta que un día Taylor, tras asaltar al chofer de los Barryth y robar en su mansión recibe un disparo y se presenta pidiéndole ayuda. Ella decide encubrirlo al tiempo que se declaran su amor; Peggy le extrae la bala y el compromiso de que abandonará el mundo de la delincuencia. Poco después Taylor lee la noticia de que el chofer murió a causa del golpe que él le propino y que las joyas robadas eran falsas; Peggy le insta a redimirse y al final consigue un amargo puesto de trabajo; chofer de los Barryth mientras la que es ya su esposa deja de ser manicura y pasa a ser criada de Dafne Barryth.
Angus Barryth es un millonario que se dedica, casi como un divertimento, a ejercer de promotor de boxeo; a las veladas que monta asiste Lord King “el diletante” que, acompañado de la sensual Baby, su secretaria, participa de ese mundo donde se mezcla sangre sudor y resina. Kid Ray es un joven valor emergente que flirtea con Baby y que se enfrenta con Champ O’Shea, un duro negro convertido en verdadero ídolo de Harlem. Ambos luchan para decidir quién se enfrentará al campeón, Johny Ryan .King y Baby apuestan por Ray pero cuando su victoria parece segura es sorprendentemente noqueado. Baby decide investigar tras el combate pero es brutalmente golpeada por Pancho Jiménez, manager de O’Shea, quien se excusa diciendo que la confundió con una ladrona; invitada a cenar por ambos, es brutalmente amenaza hasta que la llegada del misterioso Audax la salva de una situación comprometida.
King va a visitar la casa de los Barryth para tasar una antigüedades y ocurren dos cosas singulares; Audax -“sucesor de los legendarios Arsenio Lupin y Raffles”, dirá la prensa- entra de noche y roba unas joyas de Dafne, dejando una tarjeta de visita, y Angus recibe la visita de un misterioso personaje enmascarado que le propone amañar los combates bajo amenaza de muerte. Ese mismo misterioso personaje visita a Jiménez y le propone esos apaños con la intención de obtener unos rápidos beneficios en las apuestas, manipulaciones que se harían sin el conocimiento de O’Shea. Mientras Baby, que flirtea alternativamente con Ryan y con Ray, sale indemne de algunos intentos de asesinato gracias a la intervención de Audax mientras Lord King investiga y logra acorralar al misterioso enmascarado que no es otro que Don Taylor, deseoso de dar a su esposa una vida regalada. King se conmueve por su amor y, tras rogarle Taylor que se lo permita para evitarle más dolor a su esposa, le deja suicidarse. Finalmente el combate entre O’Shea y Ryan se desarrolla sin trampa ni cartón, King/Audax apuesta una enorme cantidad -gracias a la joyas robadas- y al final vence Ryan. Audax devuelve las joyas a Dafne en un nuevo gesto de audacia que sorprende a la prensa y Baby, que es obligada por Ryan y Ray a decidir entre uno y otro se decide por... un amor imposible, su jefe, Lord King/Audax, de quien ella sabe su secreto pero que no consigue enamorarlo a pesar de sus muchos intentos y asaltos.
La novela tiene una estructura muy cinematográfica ordenando la narración en dos líneas paralelas -la historia de Taylor, la historia del boxeo- que fluyen independientes pero que finalmente convergen. El retrato de Taylor, el enamoramiento de Peggy y la seducción a través de la manicura, su crimen y su efímera redención son páginas brillantes, de la más pura novela negra. Las páginas dedicadas al boxeo brillan con especial fuerza y se detecta, una vez más cómo el autor conocía a fondo este mundo tanto desde la perspectiva del boxeador como de la del mero espectador; cuando la novela deriva hacia las acciones de guante blanco de Audax en quizás cuando la narración pierde brillantez y frescura.
En definitiva, una buena novela que mezcla géneros con notable habilidad, que sabe dibujar buenos personajes, que combina registros serios y trágicos con episodios más banales y humorísticos, que rezuma un cierto racismo -muy de la época- en el retrato de la comunidad negra pero que sabe mantener la tensión de principio a fin de la narración.


miércoles, 23 de diciembre de 2009

Los mercaderes de la muerte

Debrigode, P. V., Los mercaderes de la muerte, Audax, nº 2, Bruguera, Barcelona, 1946. Portada de Bosch Penalva, ilustraciones interiores de Cifré.
El hombre misterioso que con su audacia y hazañas desconcertantes pone en jaque a la policía de Nueva York (publicidad dixit) se enfrenta a mafiosos y traficantes de armas en una espiral de violencia de la que sale milagrosamente indemne.
En una taberna del inquietante Oak Harbour se encuentran un rico armenio y un elegante asesino para urdir un plan; el objetivo, aún indefinido, gira alrededor de las industrias armamentistas de Cornelius Van Bloke (Stell & Co) y el viejo Horace Wilson (Phoenix), dos potentes empresas dedicadas a la fabricación de armamento que, situadas una frente a la otra, pugnan por controlar el mercado.
En casa de Van Bloke, atendidos por la bella esposa de Cornelius, Patricia, hay una serie de invitados, la ex actriz Adrienne Hamilton y su esposo, el noble francés Charles Hamilton, John Biggard, un viejo amigo de la familia que resulta ser el asesino de Oak Harbour y el célebre traficante de armas Mirko Blaharoff, un armenio ya conocido por los lectores. A la finca llega Lord King acompañado de Baby -conocemos su nombre, Joan Telma- para, en su condición de hombre de mundo y de experto, tasar unas valiosas piezas de anticuario. Mientras tanto, en Phoenix trabaja Douglas Simpson, un nuevo ingeniero que parece poder dar con una fórmula que revolucione el mercado. En realidad Simpson es un agente secreto del Estado Mayor y los Hamilton unos espías del Deuxieme Bureau. De modo misterioso empiezan a sucederse atentados en las dos fábricas así como un intento de asesinato de los Hamilton. En realidad hay desencadenada una compleja trama mafiosa en la cual Blaharoff ha propuesto a Cornellius Van Bloke, a cambio de una desmesurada cantidad, eliminar a sus rivales. Para ello tiene contratado a Biggard y su objetivo es asesinar a los Hamilton, a Simpson y al viejo Wilson para conseguir, con impunidad, un contrato en exclusiva; lo que pretende en último lugar es asesinar también a Cornelius para conseguir cargar sus buques con el stock de armas de las dos fábricas y así atender el multimillonario pedido de un general chino que quiere iniciar una cruenta revuelta.
Lord King, el “Diletante”, alimentando su fama de intelectual apocado, y actuando como un ladrón de guante blanco -su elegante bastón en sus manos es un arma casi mortífera- va desvelando los oscuros intereses que mueven la compleja trama. Consigue salvar en alguna ocasión a los Hamilton o a Patricia, pero la espiral de violencia que desencadena la sed de dinero y poder acaba con el asesinato o el ajusticiamiento de todo los implicados incluyendo las tripulaciones de los buques de Blaharoff, así como la destrucción de las fábricas que habían levantado los mercaderes de la muerte.
La novela mantiene el aire pulp de la serie jugando con la doble identidad de Audax donde se combina su talante elegante y mundano y su aspecto de ladrón -o mejor decir superhéroe- de guante blanco. La narración se sostiene con habilidad aunque sorprende el gusto por las escenas apocalípticas, las grandes masacres y la muerte de todos -o casi todos- los implicados. La estructura de esta entrega -los personajes encerrados en un espacio cerrado- le da un aire interesante que a veces pude evocar a Christie aunque de forma explícita el referente es Edgar Wallace -Para matar no hay que emplear sistemas de novela a lo Edgar Wallace (p. 20)- y quizás hay una voluntad de homenajear al creador de Charlie Chan -Earl Derr Biggers- pues uno de los malhechores se llama Biggard. Gana en intensidad la química entre la sensual Baby y King y en el relato hay referencias a Gregory Peck, Clark Gable, Cecil B. De Mille, los jeeps y out-borders, la Voz -o sea, Frank Sinatra- o la ONU, todo muy americano y muy años cuarenta aunque la novela, desde su portada, insiste en tener ese aire años treinta.
Sobre cómo crear una atmósfera inquietante y sugerente, una muestra - una pequeña lección- extraída del inicio de la novela: Por una noche desapacible de otoño, en la que el viento arremolinaba nubecillas de serrín y carbonilla que nimbaban los reflejos rojizos de los faroles del puerto, un paseante solitario, embutido en su gabardina y alzadas las solapas, caminaba, sin demostrar ninguna prisa, por el inhóspito alto de la escollera orienta de Oak Harbour. (p.3)

sábado, 12 de diciembre de 2009

El gangster solitario

Debrigode, P. V., El gangster solitario, Audax, nº 1, Bruguera, Barcelona, 1946. Portada de Bosch Penalva, ilustraciones interiores de Cifré.
Primera entrega de una serie legendaria que marcó la irrupción de Debrigode en el campo de una novela policíaca donde , como decía la publicidad, se acumulaban “superaventuras de insospechado y feroz realismo”
En Nueva York, Thomas Willing, un empresario del espectáculo, es asesinado por un misterioso individuo enmascarado que, tras amordazar a sus empleados y silbar la Danza macabra de Saint Saens, le dispara a quemarropa. En el escenario del crimen queda una extraña firma: Audax. Los policías Ted Morris y Fergus Clay -agente éste del FBI- investigan al día siguiente el crimen y visitan al inquilino del piso superior, Lord King, un diletante de extrema elegancia que tiene un despacho dedicado a la compra venta de antigüedades donde trabajan la bella y sensual Baby y la más madura y rolliza -pero igualmente atractiva- Grumpy. Al salir los policías, sufren un intento de asesinato de un mafioso de Chicago , Gorila Frisco, del que salen milagrosamente indemnes.
La investigación policial nos descubre al socio y amigo de Willing, Sam Gold, quien está observando las apasionantes carreras de moto-cross, donde brilla con especial gallardía Pat Flagg, un individuo que detestaba al asesinado porque, con dinero, le birló a una novia que tenía. Al espectáculo asiste también Lord King y John Smith, clarinetista de moda en las orquestas de la ciudad, especialmente en el Zanzíbar dirigido por Peter French. Flagg y Clay hacen amistad y más cuando esquivan un nuevo atentado de Gorila, a quien acompañaba la bella Tina Corsi, antigua novia del empresario French.
El despacho de King recibe el asalto de Gorila Frisco y de Tina Corsi, que maniatan a las secretarias e intentan intimidar a un Lord King que demuestra unas maneras y habilidades que van más allá de su mera apariencia de dandy; su objetivo es asesinar a Fergus Clay pero King consigue avisar a la policía y provocar su huida.
La investigación avanza y se descubre que entre el policía Morris y Gold hay un secreto: ambos, junto al asesinado Willing, colaboraron en el asesinato y expolio de Audrey Rowney provocando la locura de su esposa y la muerte del hijo. Poco después Morris es asesinado por el que la prensa llama “El silbador” y que, una vez más, deja la firma Audax. Mientras Baby, siguiendo las indicaciones de Lord King, flirtea en el Zanzíbar con Flagg, el motorista y Smith, el clarinetista; en ese mismo momento Tina Corsi va a ver a su antiguo novio, el empresario Peter French y recibe la visita de Gorila quien, desencadenado en un ataque de celos, les asesina. Flagg y Clay persiguen en moto al criminal que logra escapar y asesinar a Flagg. Posteriormente Gold es asesinado y se descubre que el misterioso asesino es el clarinetista Smith, en realidad, Audrey Rowney hijo, que no estaba muerto y está vengando a su familia; mata también a Gorila y llevado en una espiral de violencia intenta matar a Baby, quien ha descubierto su secreto. Lord King la salva y explica que él entraba en los escenarios del crimen tras Audrey, que primero quiso “firmar” el crimen con el nombre de Audrey pero que a la mitad le pareció mejor cambiar la sílaba final y crear un misterio alrededor de los crímenes. Al final el policía Clay dispara en defensa propia a Audrey y se restituye el orden; Lord King consigue esconder su condición de justiciero enmascarado aunque Baby sospecha que su jefe esconde algún secreto significativo.
La novela es un pulp en estado puro: violencia -hasta ocho crímenes se encadenan-, acción -memorable la persecución en motocicleta de la página 40-41-, personajes enmascarados, corrupción policial y social, pasiones destructivas -Te quise, Pete, y a veces siento nostalgia del pasado (37)- y todo ello servido con un estilo certero y preciso, que sabe crear una atmósfera misteriosa que consigue engañar al lector haciéndole creer que el asesino puede ser Lord King. La novela cojea en muchos aspectos -dibujo de personajes, trama embrollada, soluciones inverosímiles, efectos grandilocuentes- y muestra aun autor que aún no domina totalmente los mecanismos del género pero que muestra unas maneras admirables. La influencia de Malllorquí -doble identidad del héroe- y de Hipkiss -en muchos momentos resuenan los ecos de El encapuchado- es evidente, así como una referencia explícita a Stanley Gardner: Igual que el capítulo en Perry Mason le dice a Stella que... (18). El conjunto tiene un cierto aire anticuado, muy de pulp años treinta, pero ello no empaña un artefacto vibrante que garantiza momentos de intensa lectura.